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María Magdalena, más presente que nunca

Todo comenzó con Artemisa. Justo un día antes de que comenzara en España el confinamiento, la diosa de la naturaleza habló a través de ese maravilloso ser de luz llamado Mercé Carbonell para apuntarnos que la flexibilidad inherente a la energía femenina iba a sernos de gran ayuda para sortear la situación de crisis que teníamos en puertas. Artemisa nos instó a incrementar nuestra energía femenina para reconducir la experiencia traumática que íbamos a vivir, y nos llamó a ser flexibles, a adaptarnos a todo lo que estaba por venir. La adaptabilidad, otra cualidad femenina, cualidad del agua, que se adapta a cualquier terreno para seguir fluyendo. Y,  ¿hay algo que simbolice mejor lo femenino que el agua?

Diosa Artemisa, diosa de la naturaleza.

Después, en las primeras semanas del período más grave de la pandemia, una carta del oráculo de María Magdalena canalizado por Toni Carmin Salerno, Heart & Soul, nos alentaba a tomar las cosas más ligeramente y confiar y nos recordaba que somos bañados en el amor que surge del corazón de la Diosa.

Los templos de la Diosa siempre han estado en lugares de agua, porque el agua está viva y porque a través del líquido elemento las sacerdotisas de la Diosa han anclado en la Tierra frecuencias específicas para sanar, recordar y renacer. Es esa agua la que nos puede ayudar a encontrar el equilibrio en tiempos de transformación profunda. Ante las emociones que nos han abrumado, que aún nos remueven, equilibremos nuestra agua.

La gran dama del agua, María Magdalena, se ha hecho muy presente en estos meses. Ella porta la energía del Divino Femenino, es un canal de la Gran Madre, la parte femenina de la Fuente Suprema que se hace presente, ahora más que nunca, para salvar a la Humanidad.

María Magdalena.

Magdalena nos ha recordado que debemos utilizar la templaza propia de la esencia femenina para no perdernos en la confusión que genera el miedo y la preocupación. Y ha movilizado a muchas mujeres Magdalena para que hablásemos del camino que se aproxima: un camino de amor y compasión.

Es ahora cuando las enseñanzas de Jeshua y su compañera y amada vuelven a la superficie de la conciencia humana para iluminar la nueva Tierra. Este es el momento de la Iglesia del Amor, el momento de su pastora, María Magdalena, que, en estos momentos de cambio, nos acompaña con ternura y fortaleza. Ella es la promotora del cambio hacia esa conciencia elevada.

Como ella hiciera cuando estuvo encarnada al lado de Jeshua, las mujeres, durante estos meses, hemos acompañado, sostenido, cuidado y nutrido a todo aquel que lo necesitara. Hemos elevado la vibración para que la oscuridad no cubriera a la Madre Tierra justo en un tiempo en el que ella, Gaia, aumenta su frecuencia hasta un plano en el que los valores predominantes son el amor, la alegría, la unidad y la cooperación. Es todo tan sagrado, todo tan Femenino.

La mujer Magdalena es el puente entre el Cielo y la Tierra.

Cuando tantos y tantas estamos recibiendo el llamado del Divino Femenino Crístico, el llamado de las Marías, es porque estamos siendo llamados y llamadas a despertar al ser humano para que siga el proceso de ascensión. Nuestra misión es utilizar la palabra para trasmitir la sabiduría del Cielo y abrir conciencias aquí, en la Tierra. Las mujeres Magdalena somos el puente entre el Cielo y la Tierra.

El rayo de Luz Femenina es el rayo que sanará todo el planeta, es el rayo que nos guía hacia el nuevo sendero. Ser compasivo es el comienzo de este sendero y lo que se nos pide, lo que nos solicitan los seres de luz para recorrerlo, es amor: amor al otro, amor al masculino, amor a los procesos que atravesamos, incluso amor al dolor, y amor a la Tierra.

Para el día a día, nos piden que utilicemos nuestra intuición, que prestemos atención a lo que nos susurra el alma. El poder femenino de la intuición es más necesario que nunca. Abrámonos a ese poder, activemos nuestro tercer ojo para saber qué decisión tomar o cómo reaccionar ante el caos exterior y encontrar la guía en nuestro interior.

Bendiciones.

Helena Felipe

Por fin, el sur de Francia (y 2)

3er DÍA: MONTSEGUR – RENNES LE CHATEAU – CARCASSONNE

Llegó el día que esperaba con más emoción. Montsegur, la mega antena energética de la Tierra, era nuestro primer lugar de visita ese 22 de junio (4-6-12= 22, en numerología). La esencia de lo Femenino Sagrado que porta el número maestro 22 nos acompañaría durante la jornada más espiritualmente hermosa de todo el viaje.

¡Conocía tanto sobre Montsegur!, ¡había leído tanto sobre el lugar en el que más de 200 cátaros se entregaron a las llamas por no renegar de su fe! Al fin iba a su encuentro, totalmente abierta a lo me deparara uno de los más grandes lugares espirituales del planeta.

El pog de Montsegur, con 1.200 metros de altitud.

Llegamos a la base del peñasco (pog en francés) donde se ubica el tristemente famoso castillo en una soleada y bonita mañana del recién estrenado verano. Advertíamos que el ascenso hasta los restos de la fortificación no iba a ser fácil. Los 1.200 metros de altitud aparecían ante nosotros como un gran reto, además, en el grupo había personas que por incapacidades físicas no podrían subir la montaña. Nos reunimos todos, los que íbamos a subir y los que no, en la base del peñón, justo donde un gran laurel marca el inicio del camino, para hablar de lo que ocurrió en este enclave de la historia y de cómo conectarnos con las almas de los cátaros y con la esencia del lugar.

Reunión de grupo en la base de la montaña, antes del ascenso.

Se ha escrito mucho sobre el asedio al castillo de Montsegur (duró 10 meses), organizado por el papa Inocencio III para acabar con la llamada herejía albigense, que había comenzado en 1208 y que se desarrollaría en dos períodos. Fue el 16 de marzo de 1244 cuando finalizó, tras la entrega a las llamas de 220 seres, hombres, mujeres y niños, por no querer renunciar a su fe, una fe que se basaba en las enseñanzas de Jesús y María Magdalena, una fe que se adscribía a los valores del servicio a los demás, la compasión, el perdón y el amor puro. Pero pocos conocen que aquel sacrificio fue un acto de entrega de una familia de almas puras, con el objetivo de trasmitir la consciencia crística que portaban al resto de la Humanidad.

Nosotros éramos conscientes de esa elevada acción y nos propusimos realizar nuestro pequeño acto de entrega al subir la montaña, dejando atrás nuestros egos para que nuestros cuerpos recibieran de forma incondicional a nuestras almas.

Nos lanzamos al camino con tanta premura que apenas reparamos en la estela conmemorativa de la hoguera que se levanta al lado izquierdo, justo en frente de lo que llaman el “campo de la hoguera”. Los compañeros y compañeras que habían decidido no ascender la montaña quedaron en esa zona, haciendo el trabajo que sus almas les requería. Los demás emprendimos el ascenso por el estrecho sendero que atravesaba un bosque frondoso y húmedo, de tierra oscura y formado por hayas y robles, avellanos y todo tipo de arbustos propios de los humedales. Era un espectáculo para los sentidos.

Inicio del camino de ascenso al castillo de Montsegur.

A mitad de camino alcanzamos la taquilla donde se paga  la entrada al castillo (4,5 euros para grupos). A partir de ahí, el camino se hacía mucho más escarpado, no había árboles ni sombra, por tramos era solo roca, y el desnivel ya era importante. Cada paso lo sentí como un pequeño sacrificio. Sí, ese era el sacrificio para purificar mi ser. Con cada paso pedía disolver mi ego y que la luz divina del lugar me inundase. Fue duro, tan duro como es llevar al día a día los valores espirituales que pretendemos para nuestra vida. Los cátaros los aplicaban en su rutina, eran coherentes con todo lo que promulgaban y, esa coherencia, esa forma de vivir en el amor, es lo que han dejado plasmado en la memoria de la Humanida

Entramos por la puerta principal suroeste al castillo. Desde allí se puede admirar un maravilloso paisaje: el pueblo de Montsegur a la izquierda y los verdes montes del Pays d’Olmes en toda su extensión.

Paisaje desde la entrada suroeste.

Nos desperdigamos entre las ruinas de aquella construcción diseñada por los predicadores cátaros en forma pentagonal, y que, además de como fortaleza contra las energías de la oscuridad, funcionaba como templo iniciático y observatorio astronómico. De hecho, algunas de sus paredes y aberturas estaban realizadas siguiendo una serie de alineaciones con los signos del zodiaco y las constelaciones.

Señalando donde cae el rayo de luz que se filtra por la abertura de la pared durante el solsticio de verano.

Impresiona estar allí arriba y pensar que, al principio del siglo XIII, más de 500 personas vivían en un lugar tan escarpado, en pequeñas cabañas que colgaban de la montaña en varios niveles, sin fuentes, y con toda una estructura de talleres, cisternas y graneros.

Me escapé un momentito hasta el extremo más oriental de la parte posterior, justo debajo de lo que era el muro de defensa, para conectarme en silencio. Sentí tanta paz, tanta calma, que se me hacía extraño recordar lo que allí había ocurrido.

Me senté a meditar un ratito justo debajo de la zona de defensa del castillo.

Al tocar con mis manos la zona de la glándula pineal, como parte del habitual gesto de saludo, bendición y agradecimiento que suelo hacer, vi un triángulo de un eléctrico azul en mi mente. No sabía qué significaba, pero, más tarde, durante el descenso unos compañeros, Juan y Mari Jose, me contaron de una hermosa mariposa azul que revoloteaba a su alrededor.

El camino de vuelta hacia la base de la montaña lo hicimos con alegría, con una grata serenidad en los corazones. Estábamos más livianos, como si hubiéramos dejado una pesada carga en el ascenso. De hecho, varias personas bajamos entonando una melodía desconocida. Fue mi caso, pero no supe que otras personas también la habían escuchado y cantado hasta unos días más tarde. Estoy convencida de que la luz de las almas amorosas que allí se entregaron penetró en nosotros.

Durante el descenso parecíamos más livianos.

Cuando volvimos hasta la estela que se erige donde se quemó a los cátaros para conservar su memoria, pusimos nuestras manos alrededor de la piedra y oramos y agradecimos su sacrificio, un sacrificio que creó una onda de amor incondicional recibida por todo el planeta. Allí, en Montsegur, esa vibración es de pura sanación, es un rayo verde que nos atravesó a todos.

Estela conmemorativa del acto de entrega de la familia cátara.

En el autobús rumbo a Rennes Le Château compartimos algunas de nuestras sensaciones. Tanta emoción, tanta belleza, tanta paz nos habían conmovido profundamente.

El paisaje a través de las montañas en ruta era precioso, y nos abandonamos a él hasta llegar al pueblo más misterioso y sorprendente de Francia. Rennes Le Château es visitado por todos los que buscamos pistas de la herencia espiritual de los templarios, los cátaros y su relación con María Magdalena.

Fuente en la plaza de Rennes Le Chatêau.

Es un pueblito pequeño y muy pintoresco. La calle principal alberga varias tiendas de souvenirs y fachadas con todo tipo de símbolos. La localidad fue un lugar sagrado celta y estuvo habitada por los visigodos antes de ser un referente cátaro. Se afirma que allí vivió el rey merovingio  Dagoberto II, así que desde el siglo V está asociada al linaje de Jesús y Magdalena (sobrevivió en el sur de Francia en el seno de una comunidad judía y se alió matrimonialmente con el linaje real de los francos en el siglo V dando lugar a la dinastía merovingia).

El edificio que ocupaba el primer lugar en nuestra lista de visitas era la famosa y emblemática iglesia de María Magdalena. Templo visigodo del año 1059, fue reconstruida en 1891 por Berenger Sauniêre, el párraco de aquel entonces.

En la puerta de entrada de la Iglesia aparece en español «Santa María Magdalena».

Durante las obras, se encontraron, en un pilar visigodo, unos documentos que, desde entonces y hasta la fecha, constituyen un gran enigma. Se habla de un tesoro que, fuese lo que fuese, reportó a Sauniêre una gran fortuna, fortuna que le sirvió para construir Villa Betania, la mansión donde vivió hasta su muerte, y la Torre de Magdala, donde creó una biblioteca.

Lo cierto es que todo en Rennes Le Château gira en torno a la figura de María Magdalena. En su iglesia, lo primero que sorprende es su nombre escrito en español en la puerta de entrada, justo pasada la cual encontramos al demonio Asmoneo, el guardián del tesoro del Templo de Salomón.

El diablo Asmoneo, a la entrada de la iglesia.

Encima, en la pila bautismal, hay cuatro ángeles, cada uno haciendo una parte de la señal de la cruz para someter al diablo. En la capilla, varios santos iniciáticos que se repiten en muchos de los templos dedicados aMaría Magdalena: San Antonio, Santa Germana y San Roque. Hay huellas de la amada de Jesús por todas partes, pero es en el altar donde vemos la más importante: lo que parecen ser una Virgen María y un San José son, en realidad, María Magdalena y Jesús, cada uno llevando a un niño/a en sus brazos, en clara referencia a los hijos de la pareja sagrada.

La pareja sagrada cada uno con un niño en brazos.

Allí, delante del altar, de nuevo en círculo, realizamos un pequeño rito eucarístico. Compartimos el pan y el agua, tomando conciencia de que la energía crística es absorbida en nuestras células, y rezamos la oración de referencia para la familia cátara: el Padre Nuestro, la oración que contiene todo lo que necesitamos para hacer el Cielo en la Tierra.

Ante el altar de la iglesia de Rennes Le Chatêau.

A pesar del poco tiempo del que disponíamos, visitamos los lugares más significativos de Rennes: la codificada iglesia de María Magdalena renovada por Sauniêre, el museo que alberga villa Bethania y la Torre de Magdala, ambas rodeadas de cuidados y exquisitos jardines donde el precioso día nos tentaba a dejar pasar el tiempo meditando o, simplemente, sintiendo la deliciosa energía. No descubrimos el tesoro material que se busca incasablemente desde los años 60 (tampoco era nuestro objetivo), pero sí fuimos conscientes de que en Rennes Le Chatêau se esconde algo sólo a la vista de los que tienen ojos para ver.

Torre Magdala, en Rennes Le Chatèau.

Era hora de volver a la realidad. Nos esperaba Carcassonne, la hermosa ciudad medieval cuyo conjunto arquitectónico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por  la Unesco en 1997 y donde también está impresa la huella de María Magdalena.

De hecho, sin buscarla, nos hallamos ante la puerta este de la Ciudadela, la puerta Narbona, justo en la que se alza una estatua de una mujer embarazada que recuerda a la María Magdalena en miniatura de la Biblioteca Nacional de París, con vientre abultado y en las manos una copa y un libro. Magdalena nos daba la bienvenida.

Imagen de María Magdalena, en la puerta este de la Ciudadela.

Nos adentramos en el bullicio de la Cité por la puerta este, rumbo a la Basílica de Saint Nazaire, de estilo románico-gótico, alzada entre los siglos XI y XIV, justo en el centro histórico de Carcassonne. Justo al llegar a su puerta principal, nos sorprendía otra boda (era la segunda que veíamos, claro que el primer sábado del verano, justo tras el solsticio, es un día muy propicio para comprometerse con el ser amado). ¡Qué señal de bendición más hermosa!

Entrada principal de la Basílica de Saint Nazaire.

Dejamos que salieran los novios y sus invitados y entramos en uno de los templos más majestuosos de la Francia meridional. Había bastante público y no resultaba cómodo desplazarse dentro de la Basílica en busca de lo que nos hablase de María Magdalena. ¡Hay tantísimo que observar! Nos dirigimos hacia el lateral derecho. De nuevo, Juana de Arco y el Sagrado Corazón de Jesús, pero lo que nos atrapó fue un tapiz que, sin duda, en su tiempo tuvo que ser considerado impúdico: una bella virgen dando de mamar a su hijo y mostrando el seno. Era una imagen igual de hermosa que inusual. Bravo por el autor y bravo por las autoridades eclesiásticas que la mostraban abiertamente en un templo católico.

Vitrales del coro de la Basílica de Saint Nazaire.

Los vitrales medievales de Saint Nazaire son espectaculares. Los ubicados en los laterales del coro están dedicados a los árboles generalógicos de Adán y Eva y de Jessé, ancestro de Jeshua. El central, del siglo XIV, representa la vida de Cristo. Pero, de nuevo, fuimos atrapadas por la belleza de dos imágenes femeninas. Justo bajo el gran rosetón norte, el que representa la ascensión de la Virgen, Santa Anna con su hija María y una virgen doncella en la que muchas vimos la dulzura de Nuestra María Magdalena.

Santa Anna, con su hija María.

Recorrer un templo con tantos símbolos requiere de un tiempo del que no disponíamos y se acercaba la hora de salir a las callejuelas repletas de tiendas, de vida, del calor del estío. Decidimos que la intuición nos guiara, y así descubrimos esquinas y cruces de ensueño. Fotos aquí y fotos allá, una debajo de este arco, otra en las almenas (a ver qué paisaje hay debajo), mira esa torre y ese pasadizo, a no, por aquí no se puede entrar…

Murallas de la Ciudadela de Carcassonne.

Qué divertidos momentos; parecíamos niñas felices con su excursión. De hecho, mi niña interior me llevó a lanzarme a una pequeña parcela repleta de flores y, cuales paparazis, mis compañeras dispararon sus cámaras por este lado y por el otro para inmortalizarme como una pequeña duende.

Aquí estoy, la duende, en el pequeño prado de flores y espigas de la Ciudadela.

El día tocaba a su fin en Carcassonne. Por la noche, algunos impertérritos del grupo se aventuraron a descubrir la panorámica nocturna de la ciudad de cuento.

4º DÍA: ARQUES Y PERILLOS

El viaje tocaba a su fin en tierras francesas, pero ese domingo disponíamos de las horas de las que, el resto de días, no habíamos dispuesto. Con media hora de antelación sobre el horario de apertura, nos plantamos frente a las puertas del castillo de Arques.

Dice la leyenda que Arques (“arca”, como el Arca de la Alianza) es tierra santa porque fue el receptáculo de la palabra de Jesús, y fue allí donde María Magdalena edificó una escuela de conocimiento a partir de la cual se expandió la palabra divina. Los que de allí aprendían hablaban con el amor y la verdad en la boca.

Esperando a la entrada del Castillo de Arques.

No podíamos dejar de visitar el castillo templario de Arques, uno de los más bellos de la ruta del País Cátaro, en el Aude francés. El paisaje que rodea esta construcción del siglo XI está formado por montes y bosques de pinos, hayas, robles, encinas y castaños. Este espectacular paisaje nos acompañó durante todo nuestro recorrido por los Pirineos orientales.

Después de media hora de fotografías de grupo ante el castillo, se abrieron las puertas. Teníamos para nosotros solos aquella obra maestra del arte gótico construida bajo los principios de la geometría sagrada. Nada más entrar en el recinto amurallado nos sentimos rodeados de una bonita energía.

Torre del Homenaje, en el Castillo de Arques.

Situada en el centro del castillo, una alta torre de más de 20 metros, la Torre del Homenaje, que nos atraía irremediablemente hacia su interior. Está perfectamente reformada y enseguida nos dimos cuenta de que era un lugar muy especial. Subimos entusiasmados por la escalera de caracol que daba acceso a las cuatro plantas. En la primera, una preciosa ventana decorada nos hacía retroceder a aquellas épocas en las que las doncellas esperaban junto a ellas a sus amados caballeros.

Ventanal de la vigía en el Castillo de Arques.

Seguimos la ascensión disfrutando de cada uno de los rincones de la torre del homenaje: las aberturas de defensa, las torrecillas de vigía, los ventanales en arco…hasta llegar a la cuarta planta, la última, la que tenía el salón más amplio y sencillo, al parecer, la de defensa. Allí se detuvo el tiempo para siete de nosotras. Sentíamos tanto paz, tanta dicha, tanta luz en aquella sala que no podíamos irnos. Acabamos formando un pequeño círculo, con los pies clavados al piso. Compartimos lo que nos hacía sentir el lugar y todas coincidíamos en la serenidad y belleza, en la luz que se desprendía de él. Charlamos y reímos durante casi más de una hora.

Última sala de la Torre del Homenaje, donde se nos detuvo el tiempo.

Cuando reparamos en el tiempo, ya era hora de marchar. Sin duda, allí había magia, quizás por el hecho de haber albergado, según se dice, uno de los libros sagrados de los esenios, con las claves y llaves reservadas para la Nueva Humanidad: el Libro de las Pócimas. 

Vista del patio interior del Castillo de Arques.

Qué pena nos daba dejar el Castillo de Arques, pero había que poner rumbo a Cucugnan, donde nos esperaban para el almuerzo. De nuevo, el camino nos deleitó. Con nuestro pequeño autobús, nos adentramos en una estrecha carretera que atravesaba los Pirineos orientales dejándonos imágenes imborrables. Verdes y frondosos bosques flanqueaban la vía, por la que solo cabía un vehículo, hasta desembocar en los precipicios que culminaban imponentes castillos como el de Peyrepertuse, a 800 metros de altura, y el de Quéribus, a 728.

Entre las dos fortificaciones, Cucugnan, otro pueblo de cuento, con sus viñedos y su molino, en medio del paisaje montañoso.

Paisaje desde Cucugnan, en los Pirineos orientales.

Tras comer en esta bonita localidad, volvimos a la carretera de montaña. Nuestra meta eran las ruinas del castillo de Perillos, para algunos un lugar de poder asociado a leyendas y sucesos. No es de los que aparecen en las rutas turísticas, es más, solo suele ser visitado por los “friquis” que investigan los enigmas que rodean al famoso cura de Rennes Le Chatêau, Berenger Sauniére. La causa es que Sauniére, antes de morir sin dar a conocer su tesoro, mandó confeccionar una maqueta en la que marcó las sepulturas de Jesús y de José de Arimatea, y todos los puntos de esa maqueta se corresponden, punto por punto, con el paisaje de Perillos.

Tanto el castillo como toda la zona de Opoul-Périllo es considerada un enclave misterioso. Es más, se dice que en la cima de la colina donde se yergue el castillo, habitó María Magdalena en una choza.

Desde las ruinas del Castillo de Périllos se observa toda Salvatierra.

Hasta las ruinas del castillo llegamos. Una vez más, ascendiendo el más dificultoso de los caminos que había, como nos sucedió durante todo el viaje. Pero subimos, y allí fuimos testigos de la grandiosidad de la meseta de Salvatierra que se une con el mar Mediterráneo.

Ruinas del Castillo de Périllos.

Todo parecía muy salvaje y abandonado, pero las grandes dimensiones nos hicieron evocar una época de esplendor de lo que fue una guarnición real que defendía lo que fueron tierras catalanas. Quizás por estar en su propia tierra, una de nuestras catalanas, Carol, se arrancó a entonar unos hermosos armónicos en una de las estancias del castillo en ruina. Fue otro momento mágico, de sintonía y recompensa tras el esfuerzo. Gracias, gracias, gracias, hermana.

En el interior del Castillo de Périllos.

Las tierras de Périllos formaron parte, en tiempos del imperio romano, de un vasto dominio que perteneció a la familia narbonesa Próculo, y una de las hijas de esta familia fue Clauida, la esposa de Poncio Pilatos, que se convirtió al nazarismo y llegó a ser íntima amiga de María Magdalena. Así que era muy pausible que se refugiara aquí, entre las piedras blancas de sus montañas.

También los cátaros, en su exilio, atravesaron los Pirineos hasta llegar a Cataluña. Ese camino es llamado el Camino Els Bons Hommes.

Carretera que atraviesa los Pirineos orientales.

No sé si recorrerlo nos habrá hecho a nosotros buenos hombres y buenas mujeres, pero, sin duda, ha transformado nuestro nivel de conciencia. Cuando emprendimos el viaje éramos unos y, ahora, somos otros. Somos los bendecidos eternamente por María Magdalena, quien, en su despedida nos dijo: “Amaos, hijos de la luz, amaos”.

Helena Felipe

Por fin, el sur de Francia (1)

Siempre había leído, y también escuchado, que, cuando sigues lo que consideras el propósito de tu alma, el motivo superior de tu encarnación, todo en el Universo se coloca para que alcances ese propósito. Esta esperanza, que he llevado unida a mi deambular por esta vida desde que a los 17 años comencé mi camino espiritual, se ha hecho tangible en varias ocasiones, pero, quizás, la más visible a mis ojos y, la más indudablemente real para mi corazón, ha tomado forma este mes de junio. Durante cuatro intensos y maravillosos días he viajado por los lugares sagrados del sur de Francia donde, hace 2.000 años, María Magdalena dejó impresa su huella, la energía crística de la que era depositaria.

Macizo de Sainte Baume, sur de Francia.

El pueblo de Saint Maximin donde se veneran sus supuestas reliquias, la gruta de Sainte Baume donde estuvo un tiempo refugiada, la playa de Saintes Maries de la Mer, adonde llegó acompañada del resto de Marías y nazarenos, la localidad de Rennes Le Chateau, donde todo es un misterio relacionado con ella y su linaje; han formado parte de mis estudios e investigaciones durante los últimos cinco años. Así que, estar allí físicamente, y no solo mentalmente, ha sido más que un sueño cumplido, ha sido una bendición del Cielo, un hermoso regalo por continuar el camino marcado por mi alma. Y ese es el camino hacia Magdalena.

Sé de muchas mujeres, y hombres, que, como yo, trabajan con ella, con la maestra ascendida María Magdalena, y que, como yo, han sido convocadas a su encuentro. Todas, tarde o temprano, acabamos visitando los lugares de Europa en los que predicó, tras su partida de Alejandría, donde primeramente recaló tras la partida de su compañero y amado, Jeshua. Vamos siguiendo su rastro, su estela de amor, de luz y sabiduría, con la intención de acercarnos más a ella, de recordar más fielmente quiénes somos y por qué estamos en esta misión.

En 2018, surgió una primera oportunidad de viajar al Languedoc y la Provenza, pero no era el momento, ni eran las personas con las que debía realizar un viaje así de mágico. Me entristecí por las circunstancias que rodearon la imposibilidad de ese deseado acontecimiento, pero María Magdalena me aseguró en ese momento que iría (yo lo veía casi como un imposible), que iría de su mano y que conmigo marcharían “los puros de corazón”, “al encuentro de las llamas gemelas”, y “solo con el corazón y la humildad, sin pretensiones de más que las de hallarnos”.

Cuatro meses después de recibir ese mensaje, se me presentó la ocasión. Me la brindaron tres seres de luz que trabajan al servicio de los demás desde hace muchos años en una preciosa herboristería de Albacete, de nombre Azahar. Después de impartir allí el taller Magdalena y Jesús: Amor Sagrado me invitaron a guiar el viaje que estaban organizando por el sur de Francia. Lo sentí como un gran regalo, como una señal de que estaba cumpliendo con el propósito de mi alma, y, por supuesto, acepté encantada, con mucha emoción, y con los nervios propios de tal responsabilidad.

El 20 de junio, un heterogéneo grupo de 24 personas, todas y cada una siguiendo una motivación personal y única, iniciamos la ruta hacia Magdalena desde la estación de trenes de Albacete. Y ahí dio comienzo una extraña aventura. Salíamos en autobús en dirección al aeropuerto de Madrid para tomar un avión rumbo a Marsella.

Todos juntos en el último día del viaje.

Íbamos emocionados, felices y excitados ante lo que teníamos por delante, así que, cuando a falta de unos 40 kilómetros para llegar al aeropuerto, se paró el autobús en Villarobledo, no le dimos mucha importancia. Era una avería seria, pero confiábamos en llegar a tiempo. Solo tenían que mandar otro autobús y listo. Pasaban los minutos inexorablemente. No había solución para la avería, y no llegaba el autobús de repuesto. No había suficientes taxis en el municipio para llevarnos a todos. Llegamos a pensar que perderíamos el vuelo, con lo cual tendríamos que trasladarnos hasta Marsella vía carretera y perder todo el día. Aun así, no cundió el desánimo. Había, más bien, sorpresa y un gran interrogante: ¿Por qué se nos ponía un obstáculo tan grande justo al inicio del camino?

Casi “in extremis”, llegó el segundo autobús. Nos quedaban 35 minutos para llegar a Barajas. También “in extremis” alcanzamos el vuelo, después de equivocarnos de terminal, correr exhaustos de la uno a la dos, pasar el control a toda velocidad, ante la estupefacción de los agentes, y pasarnos la puerta de embarque en varias ocasiones. Cuando nos sentamos en los asientos del avión, no dábamos crédito. El vuelo salía con retraso y eso nos permitió tomarlo. Visualizarnos bajando del avión en Marsella, con cara de felicidad y alivio, nos ayudó sin duda, y fue, exactamente lo que ocurrió. Gracias Estefanía por proponer esta práctica, y gracias a todos por no entrar en la vibración negativa y de queja.

Puse el pie en tierra francesa y me agaché a besarla. Detrás de mí, el ángel que me había llevado hasta allí, Alicia, hizo lo mismo. A la región de Marsella había llegado, dos mil años atrás, María Magdalena, en barca y con las personas más íntimas a su corazón. Nosotras lo hacíamos a través del aire, el elemento de esta era de Acuario que permite la comunicación y desvelamiento a escala mundial de los mensajes ocultos, y con el corazón abierto a integrar la luz de lo Femenino Sagrado que María Magdalena encarna.

Imagen de María Magdalena a la entrada de la Hostelería de Sainte Baume.

La primera parada era la hospedería de Sainte Baume, donde pasaríamos la primera de las cuatro noches. Otro autobús sería nuestro medio de transporte durante el viaje. A sus mandos, Juan, de Albacete para el mundo, el mejor chofer que nos podría proporcionar el Cielo. Con él, nos dirigimos, montaña arriba, y por una vía estrecha que dejaba al lado derecho unos considerables barrancos, hasta la hospedería de los dominicos, en la base del macizo de Sainte Baume. Llegamos con el tiempo justo de apreciar el hermoso paisaje, recoger las llaves de las habitaciones, y deshacer el camino para bajar hasta Saint Maximin. La visita a la gruta del “santo bálsamo”, en referencia al ungüento de María Magdalena quedaría para la mañana siguiente.

Hostelería de Sainte Baume regida por frailes dominicos.

Saint Maximin, a treinta minutos por carretera, era el núcleo poblacional más cercano a la montaña en cuya gruta encontró refugio María Magdalena de la persecución a los seguidores del nazareno.

Afirma la tradición de la zona, que poco antes de su muerte, Magdalena fue trasladada al convento de Saint Maximin, donde recibió los últimos sacramentos y fue enterrada por el que era su íntimo amigo y primera autoridad cristiana de la comarca. Maximin había viajado con ella desde Judea y era su protector y confidente.

Los restos de la amada de Jeshua y líder de su iglesia del amor se mantuvieron en el convento hasta el año 716, cuando, ante la incursión de los musulmanes, se resolvió ocultar aquel tesoro, y más tarde, en el 745, enviarlos a Vézelay, en la borgoña francesa. Mantienen, ambas localidades, una pugna por las reliquias de Magdalena. En Saint Maximin dicen que las verdaderas son las que se encuentran en la cripta de su iglesia gótica, cuya obra comenzó en 1295, impulsada por Carlos II de Anjou, que 16 años antes dijo haber tenido una revelación de la mismísima Magdalena en la que le indicaba donde estaban sus huesos.

Fachada de la Iglesia de María Magdalena, en Saint Maximin.

Hasta allí nos encaminamos. La Iglesia de María Magdalena nos recibió, en una tarde calurosa y festiva, casi vacía. Ya casi era la hora del cierre (de nuevo, el tiempo jugaba en contra). En el lateral izquierdo, justo a la entrada, hicimos la apertura del viaje, todos en círculo y con la energía de la Maestra flotando a nuestro alrededor. No recuerdo las palabras que utilicé (normalmente nunca recuerdo lo que sale de mi corazón en las invocaciones y rituales), pero sí que tengo muy presente las que ella me susurró: “Bienvenidos a mi casa. Esperando para activar la rosa de vuestros corazones”. Me embargó la emoción y sonreí, porque estaba allí; independientemente de que la calavera que hay en la cripta de la iglesia sea suya o no, su energía sí que se sentía.

Nos movimos con independencia dentro del templo. Apenas había tiempo para nada, porque el sacerdote nos empezó a echar casi de inmediato (en Francia, la mayoría de templos cierran a las 19,30 horas pese a ser verano y haber bastante luz). La visita obligada era a la cripta donde se conserva el supuesto cráneo de María Magdalena, enmarcado en oro, y tras una verja iluminado por potentes focos. Particularmente, dudo de que sea suyo, a pesar de que esté flanqueado por el sepulcro de alabastro en cuyo interior se halló, allá en 1279, una tabilla de madera con la inscripción que rezaba: “Aquí yacen los restos de María Magdalena”.

Altar ante la supuesta calavera de María Magdalena, en la cripta de la Iglesia.

Lo más bello de este rincón es la estatua de Magdalena que hay justo a la entrada de la cripta: sencilla, con las manos entrelazadas, una hermosa mujer ante su tarro de alabastro.

Estatua de María Magdalena frente a la cripta.

Del resto de la iglesia, destaca el vitral principal. Debajo de una imponente cúpula, una gran paloma blanca, la Shekinah, el principio femenino, la conexión con el espíritu divino. Los cátaros confiaban en que el resurgimiento de los hombres nuevos ocurriera con el regreso de la paloma, María Magdalena, el Femenino Sagrado.

Cúpula de la Iglesia de Saint Maximin.
Gran paloma en el altar principal.

No pasaron desapercibidas para mí dos imágenes muy relacionadas con la misión de Magdalena: la de Juana de Arco y la de Teresa de Jesús. Ambas fueron mujeres que cumplieron con el propósito divino de trasmitir las enseñanzas verdaderas de Jesús y Magdalena. Ambas elevaron a la Humanidad al transmitir el Camino del Amor.

Todo el que llega a Saint Maximin lo hace guiado por la leyenda de María Magdalena. Un recorrido por las estrechas calles del barrio judío medieval y por sus recoletas plazas es suficiente, después de haber estado en la bonita basílica que se promociona como el lugar donde se encuentra “la tercera tumba más importante de la Cristiandad”.

Panel donde se informa de que aquí se encuentra la tercera tumba más importante de la Cristiandad.

De vuelta de nuevo a la hospedería, un establecimiento regido por la orden de los dominicos, decidimos aventurarnos en el bosque que la rodea ya entrada la noche. Estar a oscuras en plena naturaleza fue un ejercicio de mucha apertura. Sentir a los seres del bosque, a sus elementales, fue mágico, y con esa sensación nos fuimos a dormir.

2º DÍA: SAINTE BAUME Y SAINTES MARIES DE LA MER

La gruta de María Magdalena nos esperaba y nos apresuramos a bajar a desayunar bien temprano. Pero hete aquí que los frailes no madrugaban tanto, y hasta las ocho y cuarto no abrieron las puertas del comedor para el desayuno.

La escena fue un tanto surrealista. Dos dominicos flanqueados por dos chicas jóvenes se situaron a la cabeza de las mesas donde se ubicaba un exiguo desayuno, y con cara atónita, y un tanto mal humorada, observaban al grupo como si fuéramos una manada de animales. No tocaron nada de las mesas hasta que terminamos de servirnos. A cada pregunta nuestra, respondieron con una tajante indicación.

No vislumbré una sonrisa ni un gesto amable en ningún momento, así que me entristecí ante la “bienvenida” de unos frailes que están llamados a predicar el amor. Pero lo más triste, en lo referente a los dominicos, estaba por llegar.

Antes de iniciar el ascenso por el camino más cercano a la Hostelería.

Comenzamos a subir el camino que ascendía hasta la gruta de Sainte Baume con bastante retraso debido a la dilación en el desayuno. Lo hicimos en silencio y con atención plena para sentir la hermosa energía del bosque sagrado que nos rodeaba. Hayas, robles y tejos milenarios, de una dimensiones irreales, jalonan el sendero. Yo imaginaba a María Magdalena y a sus sacerdotisas recorriendo ese bosque, lugar donde se celebraban rituales desde los tiempos en los que estaba dedicado a la diosa Artemisa, y sonreía ante la belleza de la escena imaginaria. Allí compartía sus conocimientos con las jóvenes que iban a visitarla y llevarle alimentos, hablaba del amor y de la compasión, preparaba los aceites y ungüentos con las plantas que crecían en el bosque…

En silencio interior para impregnarnos de la energía del bosque sagrado.

Parábamos ocasionalmente para recoger una flor, una piedra que nos llamaba o una ramita, pero no nos reunimos hasta alcanzar la fuente que se halla a mitad del Camino Real, así llamado por ser utilizado por los reyes de Francia en su peregrinación hasta la Santa, durante la Edad Media. “La Source de Nans” es una fuente de agua viva, y allí, con el agua sagrada de la vida, bebimos para renacer como nuevas almas que pueden regresar al hogar. Fueron instantes de purificación y alegría para el alma y para el corazón.

Ritual en la fuente sagrada «Le Source de Nans».

Reiniciamos el ascenso con tanta energía que equivocamos el camino. De repente, empezó a hacerse más inclinado, más rocoso, más escarpado. El sol ya estaba alto y el calor dificultaba la tarea aún más. Al preguntar a un montañero que bajaba, nos dimos cuenta que esa no era la dirección a la gruta. Pero estábamos allí. Algo nos había guiado hasta la cima de la montaña, desde donde, casi sin aliento, nos maravillamos con el paisaje que se extendía bajo nosotros.

Panorámica desde la cima de la cueva de Sainte Baume.

Teníamos que alcanzar la gruta. Era nuestro principal objetivo, el lugar más importante de aquel viaje. Volvimos al Camino Real que desemboca en las escaleras que terminan en la puerta de entrada a la gruta. Un cartel recuerda que antes de los dominicos, el monasterio edificado en torno a la cueva, fue ocupado por los benedictinos y, originalmente, por los casinitas, quienes veneraban a María Magdalena.

Tras pasar el primer arco de entrada, aparecen de frente tres enormes cruces, representando la crucifixión de Jesús. No comprendo el porqué de esta escena en la gruta, salvo, quizás, por el deseo de la Iglesia católica de recordar el sufrimiento de María Magdalena ante la cruz.

En la pequeña plazoleta situada ante la puerta de la gruta, una magnífica escultura que muestra a Jesús en los brazos de su madre María y, abrazada a sus pies, una Magdalena que se asimila a la del cuadro de Boticcelli. Hermosa, rodeada de rosales, y dominando todo el valle.

Estatua en la pequeña plaza que da entrada a la gruta.

Una nueva puerta da acceso a la cueva, sagrada ya antes de que la ocupara por un tiempo María Magdalena, porque, como en todas las cuevas, había culto a la diosa. En todos los lugares donde está presente la energía femenina encontraremos elementos comunes: agua, marismas y un antiguo cristal lemuriano con geometría sagrada.

Sabía, por mis estudios previos, que en el interior de la gruta la iglesia católica había consagrado un altar, pero nunca pensé que se hubiese apoderado de tal forma de la cavidad del terreno sagrado de Sainte Baume.

Iglesia en el interior de la gruta de Sainte Baume.

A nosotras, lo que nos interesaba era la presencia de lo Femenino Sagrado en ella, y teníamos cierta prisa por sentarnos a meditar ante la imagen de Magdalena para que nos comunicase las razones de nuestra visita. Así que, obviamos la misa que se celebraba y, en completo silencio, y de forma respetuosa, nos dirigimos al lateral derecho por el que una escalera nos llevaba ante esa imagen.

Agradeciendo a María Magdalena en el interior de la gruta de Sainte Baume.

Ante ella, de nuevo bella y rodeada de paredes por las que el agua fluye lentamente, sentí una gran calma. Saqué mi libreta, y al ritmo de las gotas que caían, comencé a escribir lo que llegaba a mi alma. Ese instante de paz se vio, de pronto, resquebrajado por la voz alterada del párroco que habíamos dejado en la parte superior dando la misa. Gritaba en francés, así que ninguna lo entendía. Estábamos absortas en nuestra meditación y nos parecía una aparición aquel hombre de vestiduras blancas moviendo los brazos como un loco y profiriendo aquellos gritos (al parecer, consideraba una falta de respeto que hubiéramos entrado durante la misa). Lo miré estupefacta, sin inmutarme y seguí escribiendo. Traslado aquí lo que me susurró María Magdalena: “Lo que queda aquí no está en los símbolos. La energía del Amor de Dios-Diosa no tiene dueño ni se viste con hábitos. El silencio es igual de poderoso que el clamor de los corazones que me visitan. Hágase en ellos, en vosotros, la fuerza de la Trinidad, la luz del Amor Trino y la Sabiduría del Eterno que vive en cada uno de vosotros”.

María Magdalena: «Lo que queda aquí no está en los símbolos».

Intenté abstraerme de aquel episodio con el cura para continuar visitando la gruta. Buscaba el manantial de agua a la que se atribuyen muchas curaciones. Lo encontré detrás del altar, en el lateral derecho, rodeado de una verja que, por suerte, dejaba un orificio abierto. Otra verja, también caída, da paso a una cavidad más grande, justo en la parte trasera del altar, donde la energía es muy poderosa. Entré y puse mi frente sobre la roca para impregnarme de ella.

No pude disfrutar más de aquel enclave, tan emblemático para los que hemos sentido la llamada de María Magdalena. Íbamos con mucho retraso sobre el programa del día, y, sinceramente, mi decepción y tristeza ante la apropiación de los dominicos del lugar, me hicieron desear marchar de allí. Ni siquiera sentí el impulso de comprar nada en la tienda de souvenirs.

Puerta de entrada a la gruta de Sainte Baume.

Empecé el descenso a toda marcha, esta vez usando el Camino Real, el principal, por el que me crucé con un grupo de bonitas mujeres vestidas de rojo, con faldas y flores en el pelo. Hermanas sacerdotisas, qué alegría y belleza impondréis sobre el dogma católico de la gruta, pensé. Cuando vuelva, vestiré de rojo, en honor a la diosa, y cantaré a la María Magdalena sacerdotisa, a la compañera y amada de Jeshua, a la maestra del “Amor que no tiene dueño”.

Camino Real que asciende hasta la gruta de María Magdalena.

Durante la tarde nos esperaba otro lugar emblemático, Saintes Maries de la Mer, donde recalaron los barcos que transportaban a las Marías: María Magdalena, María Salomé y María Jacobea; y conocido por ese nombre en homenaje a las sacerdotisas nazarenas. Porque eso eran las Marías: mujeres que traían su sabiduría de los templos de Isis, que tenían conocimientos en sanación, en alquimia, en filosofía y astrología.

Y no llegaron a la zona de las marismas que rodean Marsella por casualidad, sino porque albergaba templos egipcios y esenios, templos en honor a la diosa Diana, junto al cual predicaba María Magdalena.

Nos agradó mucho el ambiente lúdico y un tanto alternativo de Saintes Maries de la Mer, una localidad de veraneo de la Camarga francesa con casitas blancas y de suaves colores y con callejuelas repletas de tiendas. Todas ellas, las callejuelas, desembocaban en la Iglesia de las Saintes Maries, de estilo románico y construida durante los siglos X, XI y XII. Sobre su sencilla puerta, un ancla y un corazón forjados en hierro, primera señal que me deleitó del templo.

Ante la puerta lateral de la Basílica de Saintes Maries de la Mer.

En su interior, mucha luz, simplicidad, y el mayor protagonismo para María Salomé y María Jacobea, representadas en una pequeña barca, cuyas reliquias (descubiertas en el siglo XV) se conservan en una arqueta. La leyenda dice que ambas se quedaron en el pueblo e hicieron brotar agua dulce de manera milagrosa. María Magdalena, pintada en un gran óleo, aparece sobre ellas, con su cabeza mirando hacia abajo, justo hacia sus compañeras.

Cuadro de María Magdalena sobre las imágenes de María Salomé y María Jacobea.

Es en su cripta, hecha en el siglo XV a raíz de la excavación para encontrar las reliquias, donde se celebra el culto a Santa Sara, patrona de los gitanos de todo el mundo, que el 25 de mayo acuden en peregrinación y la homenajean durante tres días. Es esta una imagen negra de la que fuera también compañera de las Marías. Sara La Khali era una mujer muy sabia y versada en medicina, ciencia, astrología y alquimia. Como virgen negra está asociada a la maternidad.

Me encantó el ambiente de devoción que se respira en la cripta de Santa Sara. Velas, ofrendas, pañuelos, flores y rosarios la inundan hasta casi quedar oculta.

Cripta de Santa Sara, Sara La Khali.

Sara, María Salomé y María Jacobea son llevadas en procesión hasta la playa donde aparecieron, y, precisamente, en la playa acabamos nuestra visita a Saintes Maries.

En la playa de Saintes Maries de la Mer, justo la tarde del Solsticio de Verano.

Era la tarde del solsticio de verano, el 21 de junio, y no quisimos desaprovechar la ocasión de purificarnos en el mar, en ese trocito de mar tan especial. Juntas, de la mano, saltamos las olas para limpiar, para soltar, para dejar atrás lo que ya no nos sirve. Esos pocos minutos los sentí como minutos de hermandad, de alegría y de inocente diversión. Qué bonito recuerdo guarda mi corazón.

Helena Felipe

Los regalos de Avalon (2)

Nuestra siguiente parada era la Abadía. Al bajar de Wearyall Hill, nos adentramos en la pequeña zona comercial de Glastonbury buscando el camino más fácil de llegar al centro. Nos desorientamos un poco, pero ese breve deambular nos hizo toparnos con un maravilloso y enorme hermano árbol que pensamos era un anciano roble. Sus dimensiones eran inmensas, y allí estaba, justo al lado de un centro comercial, como si quisiera recordarnos que pese al desarrollo urbanístico de la ciudad, ellos, los árboles, siguen siendo sus más antiguos pobladores. Es más, Glastonbury esconde en las calles menos transitadas los más sorprendentes y bellos ejemplares de la naturaleza. Nuestra Jessie tiene a un oculto tejo como su árbol favorito de todo Glastonbury.

Una bonita luz de mediodía nos acompañó en el recorrido de la legendaria Abadía, el complejo cristiano más antiguo de Gran Bretaña, donde se dice que José de Arimatea fundó la primera iglesia cristiana y donde están enterrados el Rey Arturo y su amada Ginebra.

Nada más entrar en el complejo de 14,5 hectáreas, una pequeña capilla, la de San Patricio, nos invita a pasar. Es sencillo su altar, con una linda vidriera, pero lo que llama la atención es la pared opuesta, en la que aparece pintada una mujer de cabellos rojizos de la que parten seis lazos rojos con un dragón en cada uno de los extremos.

Me hizo reflexionar esta imagen, porque me gustaba mucho la mujer en sí, pero me provocaban malestar los pequeños dragones. Al leer la leyenda que la acompaña, entendí. Representa a la María Magdalena pecadora de la iglesia católica. Los dragones simbolizan seis de los pecados capitales, mientras que ella misma es el séptimo al portar el orgullo. Gracias al Cielo, esta representación de María Magdalena está siendo reemplazada por la verdadera, la de la mujer amada de Jesús que continuó con su misión sagrada de trasmitir el Camino del Amor, porque estamos en el tiempo en el que la verdad es desvelada.

Siguiendo el recorrido trazado, nos encontramos con la Santa Espina, un pequeño espino blanco, descendiente de aquel que trajo José de Arimatea, y que ya habíamos honrado en Wyrall Hill (así también se nombra a la colina).

En un amplio terreno de verde césped, las ruinas de la Abadía nos hacen sentir minúsculas ante lo que fueron sus desproporcionadas dimensiones. Fue la más rica de Inglaterra y, sin duda, la de mayor tamaño, de hecho figura en el mapa del mundo realizado por Mateo de París en 1250.

Se puede conocer cada dato en la visita guiada que hacen los monjes del monasterio de la Abadía, pero yo decidí dejarme llevar por mis sensaciones y apartarme de esta visión tan oficialmente católica. Entré sola en la Lady Chapel o Capilla de Nuestra Señora, en cuyos arcos aparecen esculpidas rosas abiertas, la flor de la Madre, de la diosa, la flor del amor.

En su interior, todo es sencillez, todo parece seguir una pauta minimalista. Hay bancos de madera que se ubican en soportales de piedra. La energía es limpia, suave y amorosa y, de nuevo, las lágrimas brillaron en mis ojos, al sentir la luz de lo Femenino Sagrado. Sabía que en algún lugar de esta mágica capilla estaban esculpidos los nombres más sagrados para mi corazón: Jeshua y María Magdalena. Los busqué dando vueltas por todos lados, pero no, no los hallé en el interior.

Salí en dirección a la tumba del rey Arturo, justo entre las dos monumentales paredes que se mantienen en pie como creando un portal. Una rosa roja reposaba debajo del cartel que explica que a allí se trasladaron, en 1278, los huesos que fueron encontrados en el lado sur de la Lady Chapel en el año 1191. No sé que pensaría un rey pagano como Arturo al saber que sus huesos se veneraron en un templo católico, lo que si es cierto es que la grandiosidad del lugar es propia de un rey como lo fue él.

Paseé admirada por los bellos parques, atravesando el huerto de manzanos y los huertos de plantas y hierbas de estilo medieval, hasta volver a la Lady Chapel, el lugar que más me hacía estremecer. Quería enseñársela a mi amiga-ángel, Andoliñe, y, justo cuando entrábamos por la puerta sur, los encontré.

Allí, grabados en la fachada sur estaban los nombres: Jesvs, Maria. Y volví a emocionarme hasta las lágrimas al colocar mis manos sobre las inscripciones. Los nombres de los amantes sagrados juntos, como debe ser, como fue, como será para toda la eternidad.

Dejamos la Abadía agradecidas por haberla disfrutado con sol y un bonito cielo azul, y con un sentimiento de alegría serena.

Cambiamos la orientación cristiana para adentrarnos en la esotérica al entrar en el Goddes Temple, uno de los lugares más simbólicos de Glastonbury, donde se adora y honra a la diosa del corazón. Es una bonita sala atendida por voluntarios, donde se reúnen todos y todas aquellas que buscan la bendición de las diosas. Un pequeño tippie cubierto de tela roja y con un altar en el que figura una dama de rojo representa el útero materno, allí donde todo es fuerza que da vida y donde todo se crea. Otro altar, esplendoroso y hermoso, refleja a la dama de Avalon.

En torno a ella, y con una maravillosa música de fondo, nos sentamos en silencio junto a otras mujeres. No recuerdo el tiempo que estuvimos allí, pero sí el estado de calma y serenidad que sentí durante nuestra estancia. Antes de abandonar el Templo de la Diosa, nos abrazamos todas y, de frente al altar, dimos gracias en un gesto de hermandad que me hizo emocionarme.

Volvimos a las calles. Queríamos visitar algunas de las múltiples tiendas, todas preciosas y repletas de imágenes, piedras, símbolos y joyas que nos encantaban. ¡Es tan peculiar el ambiente de Glastonbury! Como nos habían dicho, allí encuentras de todo, desde lo más mágico y luminoso a lo más mundano y gris.

Nos sentamos en un banco frente a la Iglesia de San Juan Bautista (lamentablemente cerrada a causa de unas obras de reforma, lo que nos impidió recorrer el laberinto que hay a su entrada, en el césped) y nos dejamos envolver por el ambiente alternativo de la ciudad, mientras picábamos un poco de comida.

Se hacía tarde y queríamos ir a White Spring antes de que cerrara (está abierto de 13 a 16,30 horas). La Fuente Blanca o de la doncella es uno de los lugares sagrados más especiales de Glastonbury. Situada en una calle lateral al Chalice Well, White Spring parece un edificio poco cuidado en su exterior, pero, una vez te adentras en la gruta, pierdes la conciencia de lo que queda fuera para sumergirte en un templo donde la diosa vuelve a reinar. Un intenso olor a incienso te da la bienvenida desde el pequeño altar que se encuentra en un borde de la circunferencia  de mayor tamaño de la fuente.

No se pueden hacer fotos en el interior de la Fuente Blanca, y es casi imposible trasmitir el ambiente sagrado que se respira allí. No hay un silencio absoluto, porque en una gruta pequeña se reúnen por momento muchas personas para, o bien meterse en la helada agua de los dos estanques principales, o bien meditar, cantar u orar en los rincones laterales donde se concentran las velitas.

Mi vela quedó ante la maravillosa imagen que muestra unas manos que te ofrecen una hermosa llamarada que yo sentí como la llama del corazón, justo al fondo de una especie de tienda.

Bañarse en el agua helada del manantial blanco es todo un rito de consagración, y sólo apto para valientes o personas con muchas calorías en el cuerpo. Yo  lo intenté, pero sólo alcancé a adentrarme hasta la altura de la pantorrilla y dar una única vuelta a la fuente. Mis valientes compañeras se bañaron, enteritas, así que quedaron purificadas, y totalmente consagradas a la diosa doncella, como antiguamente quedaban las sacerdotisas de Avalon.

Mientras nos secábamos, un hombre se situó en el centro del círculo mayor y entonó algunos mantras, proporcionando un ambiente aún más mágico a la cueva. No fue el único. Dos lindas mujeres llegaron también entonando canciones de alabanza. Todo parecía de otro mundo.

Mientras esperaba a que mis amigas terminaran de vestirse, entró en el manantial una mujer a la que ya había visto en varias ocasiones durante el día. Nos miramos y dijimos de forma simultánea: “Tú, otra vez”. Creo que fue un reconocimiento de almas, una conexión de energías. Intercambiamos varias palabras en inglés para darnos a conocer. Ella, holandesa, pero de nombre húngaro y origen germano. En Avalon, los encuentros son mágicos.

Llegaba el turno de Chalice Well. Queríamos disfrutar sin prisas del más amado pozo sagrado de Gran Bretaña. Desde abril hasta octubre abre de diez de la mañana a seis de la tarde. El Pozo del Cáliz constituye el chakra corazón de la Tierra, es un lugar de sanación, un lugar para aproximarse a lo divino, y cada una lo quiso sentir y honrar en soledad.

Cumplimos con el ritual de subir desde la piscina Vesica hasta el santuario donde está el pozo sagrado y volver a bajar, para después, con la conciencia abierta y presente en el lugar, comenzar de nuevo, desde el principio, el recorrido.

Justo después de la primera piscina donde el agua describe una figura de ocho y cae a través de siete recipientes, se hallan los dos impresionantes tejos que conducen a los senderos interiores.

Los rodeé haciendo un círculo para unificar sus energías, una polaridad y otra. Emoción de nuevo al abrazar estos hermosos árboles y unir mi mejilla a sus troncos.

Ascendiendo por el sendero desemboqué en el pozo del Rey Arturo. Su agua de color rojizo, rica en hierro, es sanadora, por lo que se ha utilizado para tratamientos como las terapias florales. Era una tentación sumergir los pies en el estanque, como hizo mi amiga Naiara, pero justo en ese momento empezó a llover.

Con la lluvia arreciando, el recorrido por el jardín tuvo que acelerarse. La siguiente parada fue en la fuente de la Cabeza del León, sólo para al menos beber un poco de su pura agua.

La idea era sentarnos a meditar en muchos de los rincones que Chalice Well ofrece, pero el agua lo impidió, así que seguimos hasta el más deseado de nuestros encuentros, el del santuario donde se ubica el Pozo del Cáliz, donde la tradición cuenta que José de Arimatea vertió un poco de la sangre de Jesús que portaba en la copa del grial.

Es el corazón del jardín, donde se absorbe la pacífica atmósfera del Chalice Well. La tapa que cubre el pozo contiene el símbolo conocido como Vesica Piscis, una forma de geometría sagrada que representa el perfecto equilibrio entre el cielo y la tierra, el espíritu y la materia. Con mucho respeto y conciencia pasé mis manos por los dos círculos que se entrelazan, atravesados por una espada que une un corazón con dos estrellas de seis puntas, el Cielo.

Tras ese momento de recogimiento, primero, y de dispersión después, por las fotos, llegaba la hora de dejar Chalice Well. Fue todo muy rápido, mucho menos intenso en lo emocional de lo que esperaba, pero fue bonito, y nos dejó una sensación muy dulce. Será el primer lugar donde expandirnos durante horas en la próxima visita.

Helena Felipe

Los regalos de Avalon (1)

Dicen los maestros que cuando un lugar sagrado te llama es porque alberga en su vibración un fragmento de tu alma. Así lo he sentido en Chartres, en Montserrat y, hace unos días, en el reino mágico de Avalon, físicamente, Glastonbury. Estos tres lugares están conectados por una línea ley, una línea de energía geoenergética que localiza vórtices magnéticos en varios puntos del planeta.

Esta conexión era desconocida para mí. Yo sólo sentía un anhelo profundo por visitar determinados enclaves del mundo, y el primero que se dio fue Chartres, en la región central de Francia, en 2016. Tuvieron que pasar dos años para que surgiera la oportunidad de conocer Montserrat, en la provincia de Barcelona, y fue justo buscando información sobre este macizo sagrado cuando supe de la existencia de una línea ley o sendero del Dragón que une Chartres, Montserrat y Glastonbury. La ciudad inglesa en la que se halla “el reino de las hadas” ha sido la última parada de mi particular peregrinaje.

Después de intentar organizar un viaje que no se dio, pensé que iba a tardar mucho tiempo en poder recalar en la “Isla de las Manzanas”, pero, de forma inesperada, el Universo me puso en el camino a Glastonbury de la mano de una íntima amiga del corazón. También fue gracias a una amiga de generoso corazón que puede ir a Montserrat, así que me siento enormemente bendecida por las hermosas mujeres cuya amistad me ha regalado el Cielo y gracias a las cuales he podido realizar mis sueños viajeros.

Llegar a Glastonbury con un bello atardecer en el horizonte fue el primero de los regalos de este lugar sagrado. Las cinco componentes del pequeño grupo que nos lanzamos a esta mágica aventura dejamos las maletas a todo correr en la acogedora casa en la que pasaríamos los cuatro días del viaje y, con una emoción casi infantil, nos pusimos en marcha para subir a Tor antes de que el sol se ocultase.

Solo pisar aquellas calles ya me hacía feliz, pero ascender una de las colinas más sagradas del mundo, con un enorme disco solar encendido en rojo iluminándome, fue mágico. Todo me parecía hermoso, desde los pequeños corderitos que jugaban en la puerta de entrada al sendero hasta la imagen de una pareja que, en lo alto, se veía como una escultura gemelar.

Mientras subía por el camino que asciende en vertical iba pidiendo integrar en mi ser las energías masculinas de Tor y purificar cada uno de los chakras.

Al llegar a la Torre de San Miguel, un viento helado nos azotó, pero ese mismo viento se me antojó purificador. Decidimos abrir nuestro círculo en una rueda de piedra en la que están grabados los signos cardinales. Pedimos a los devas, maestros, antepasados y seres de luz de la montaña que nos guiaran y dieran su bendición. A partir de ese momento, cada una se dispersó para sentir la energía de la colina. Yo me agaché para respirar la hierba, para empaparme de la tierra que me recibía. Inhalé lo que sentí el olor de mi hogar.

Esa sensación tan terrena se transformó en celestial cuando atravesé las puertas de la torre, entrando por la más pequeña y saliendo por la mayor. Justo antes de salir, en el centro del anillo donde se entrelazan los mundos, invoqué la bendición de los cuatro vientos alzando mis brazos al Cielo, durante un tiempo que no superó el minuto (tal y como nos había aconsejado la archidruida de la Orden de Mogor, para no molestar a la dama anciana que vive en la montaña).

Fue allí, en ese centro, fuente de gran energía, donde una voz me susurró: “Has regresado a tu hogar”. Al salir del portal solo tenía ganas de cantar. No recuerdo lo que salió exactamente de mi garganta: unas palabras ininteligibles con una melodía. El lenguaje de comunicación era el inglés. Algo curioso, porque todo lo que me vino durante el viaje fue en ese idioma.

Se hacía de noche y queríamos sacar una foto de grupo antes de marchar, pero nadie nos acompañaba en la colina. De repente, vimos que alguien ascendía por el camino que deparaba en la puerta más pequeña de la Torre. Decidimos pedirle a esa persona que nos tomara la foto. Cuando llegó hasta nosotras, vimos que era una chica, lo que no esperábamos es que hablara castellano. Más aún, sabía euskera. ¡Aupa, qué casualidad! Resultó ser una chica sueca que vivía en Glastonbury, con novio vasco de un pueblito cerca de Gernika. Ella, Jessi, fue el más hermoso de los regalos que nos hizo Avalon. Desde ese momento, hasta nuestra marcha el domingo, no dejó de sorprendernos con su dulzura, su belleza interior, su luz y su bonita energía femenina.

Bajamos la colina de Tor ya casi sin luz para dar un primer paseo de reconocimiento por el pueblo y, después de acompañar a Jessi a casa, nos volvimos a la que iba a ser la nuestra durante unos días.

El amanecer de nuestro primer día fue un augurio de lo que nos esperaba. Sol y cielo azul. Prontito en marcha, con faldas y coronitas en el pelo, rumbo a otra colina, donde según lo que había leído empezaban todas las visitas guiadas: Wearryall Hill. Atravesamos de nuevo el pueblo y, justo en el camino a Wearryall, encontramos la capilla de María Magdalena, y abierta tan temprano. No podíamos iniciar nuestro recorrido en otro lugar. De nuevo, la maestra me atraía hacia donde radica su energía.

Con mucho respeto, mis compañeras me dejaron entrar la primera, y, nada más cruzar el pequeño portal, justo de frente, me recibió un laberinto de madera que invita a recorrerlo con el dedo, como el de la iglesia de San Martín en Lucca, Italia.

Entrar en un laberinto es siempre hacer un viaje al interior en meditación para invocar la sabiduría femenina. Esta entrada ya me sumió en un estado de apertura que se iba ampliando a cada paso que daba. Esos pasos me llevaron directamente a la capilla: blanca, impoluta, luminosa, con una pequeña cruz de madera rodeada de lirios blancos, cómo no (el lirio es la flor específica de María Magdalena).

A la entrada, a la derecha, dos iconos, el de María Magdalena y el de Margarita de Escocia (la iglesia y el hospital en el que se encuentra la capilla están bajo su advocación).

Ahí, mis lágrimas no pudieron aguantar y salieron rodando por las mejillas. No dejaron ya de verterse durante el tiempo que estuvimos en la capilla, en el primoroso jardín donde crecen impresionantes tulipanes y rosas en enredadera, y en las pequeñas salas de lo que fue un asilo de ancianos.

En una de estas salas, de nuevo el icono (de origen ortodoxo) de Magdalena. Me postré ante él para agradecer, para sentir y para embriagarme de la energía. Una energía que, tal y como me dijo el chico-ángel que cuida el lugar, es muy sanadora.

Qué bonitas y profundas emociones me embargaron en esta sagrada construcción. Todo allí invita a estar en silencio y sentir, sentir la huella de María Magdalena.

,Salir de nuevo a la calle fue un poco difícil, pero queríamos llegar hasta el lugar donde la leyenda cuenta que José de Arimatea, al recalar en Glastonbury siguiendo indicaciones del mismo Jesús, plantó su bastón de madera de espino blanco y floreció un árbol de la misma especie. Lo encontramos, pero lo que vimos nos decepcionó mucho. El tronco de un anciano árbol sagrado estaba rodeado de multitud, cientos o miles, de lazos de colores, al punto de que apenas se apreciaba la parte superior del tronco.

Qué tristeza que tantas personas no sepan ver que un lugar sagrado no necesita que se le dejen ofrendas. Lazos y colgantes aparecen por doquier en los más especiales enclaves de Glastonbury, afeando y ensuciando su imagen.

Nos sentamos sobre la hierba de Wearryall durante unos minutos, en silencio. Al fondo, de nuevo Tor. No es de extrañar que allí hicieran vigilia los peregrinos antes de adentrarse en el reino mágico de Avalon, y que allí, bajo el primer espino blanco, se sentaran los primeros cristianos con las sacerdotisas de Avalon para compartir enseñanzas.

Helena Felipe

La sabiduría es del corazón

“Los conocimientos son de la mente, la sabiduría es del corazón”. Cuando llegan a mí tales mensajes, suelo apuntarlos en mi libreta especial a la espera del momento para darlos a conocer. Antes, los integro en mi ser con el sello de “VERDAD”. Luego, la vida me coloca ante las situaciones que me demuestran que ese sello está perfectamente colocado.

A lo largo de nuestro camino como buscadores, adquirimos todo tipo de conocimientos. Libros, artículos, talleres, cursos, charlas, investigaciones a través del amplio mundo de internet…, se nos antoja inabarcable ese universo que queremos aprehender. Vamos sumando datos,  anotando fechas, recopilando cuadernos y documentos, apilando libros y manuales, objetos inanimados todos que atesoran nuestra búsqueda de respuestas durante años y años. En el mejor de los casos, ese inmenso caudal de conocimientos acumulado es puesto al servicio de los demás, ya sea mediante la impartición de terapias o de cursos y talleres, a nivel individual o colectivo. Nos sentimos bien con nosotros mismos al trasmitir lo que nos ha ayudado a crecer interiormente, pero, ¿actuamos como seres evolucionados que lo que quieren es ayudar al resto de hermanos o, simplemente, queremos “vivir”, y “vivir bien”, de nuestro trabajo como terapeutas o expertos en tal o cual escuela?

He conocido a muchos peregrinos del camino espiritual con un gran bagaje de conocimientos, con una experiencia dilatada en el trabajo de servicio a los demás que, tristemente, sólo son “acumuladores de datos” y que esparcen fríamente sus conocimientos, en algunos casos, sólo cuando tal tarea es muy rentable económicamente. Estas personas trabajan desde la mente, desde un ego confundido e influenciado por la materia de la dimensión en la que vivimos. Es ese ego, es la mente inferior lo que les aparta de la sabiduría.

“Cuando tus conocimientos trabajan para el corazón, entonces, y sólo entonces, eres sabio”. Y trabajar para el corazón, hermanos, es servir a los demás con amor y compasión, recibiendo, tal y como dicen los maestros, “lo que es justo”; justo para cubrir tus necesidades en esta tercera dimensión. Hacer negocio con tus conocimientos no es seguir el camino correcto. Es un camino, sin duda; respetable, sin duda; pero ¿te llevará ese camino de vuelta a casa, de vuelta a Dios Padre Madre?

Lo que yo he aprendido es que “navegamos en un mundo de conocimientos para, finalmente, llegar al Universo del Silencio”, a la quietud del corazón. Y es ahí, en nuestro templo sagrado, donde se manifiesta la sabiduría.

Helena Felipe

La Hermandad

Recuerdo que íbamos de la mano. Recuerdo que reíamos ante cualquier estímulo de la vida. Recuerdo que esperábamos ansiosas el momento de encontrarnos para subir a la cueva. Allí nos sentíamos completamente libres… misteriosas y seguras. A fin de cuentas, dónde mejor celebrar la presencia de la Diosa que en una cueva, lugar de sutiles formas femeninas, surcado y moldeado por el agua dadora de vida y escondite de las artes mágicas de las mujeres desde el origen de la humanidad. Allí compartíamos los secretos de nuestras familias, susurrábamos las palabras de los rituales, danzábamos al compás de los tambores y las voces del corazón, nos postrábamos ante las virtudes de cada una de nosotras y nos uníamos en una sola alma. El culto a lo Femenino era tan genuino entonces como respirar, como abrir los ojos al despuntar el alba y cerrarlos con el ocaso. Todas éramos hijas de la Diosa, hermanas, y ese era el más natural de nuestros estados de ser y de vivir.

Sabíamos de los dones y valores de cada una, y los honrábamos. No recuerdo sentir envidia, ni nada parecido a los celos cuando una de nosotras exponía su magia, ya fuera dar a conocer un nuevo remedio medicinal o ungüento milagroso, recitar un nuevo poema, cantar una maravillosa alabanza, o; simplemente, contar una buena nueva. No recuerdo caer en el desánimo si no era yo la que ascendía en la orden, o la que accedía a la sala de los honores para participar en los cultos más antiguos y secretos. No, todo era alegría por la elegida. Nada de rencores y sentimientos de baja vibración. Entre nosotras, no existían esas competencias tan propias de otros círculos.

Hoy, no tengo que remontarme mucho tiempo atrás para rememorar las tristezas provocadas por los celos, las envidias, las deslealtades y la incomprensión de mis congéneres femeninas. Muchas han caído en la trampa del sistema patriarcal que aleja a las mujeres de los valores intrínsecos a lo Femenino. Apoyarnos, sostenernos, nutrirnos, sanarnos y valorarnos desde el corazón es propio de la energía femenina. La ambición, el anhelo de poder-dominación y el deseo de destacar nos han llegado desde la energía masculina caída en el dominio del ego. Sometidas desde miles de años a un círculo patriarcal vicioso, hemos adoptado las mismas armas para sobrevivir.

Siempre le digo a mis amigas, ante sus quejas por la crueldad que muestran sus colegas, compañeras de trabajo, “amigas” o familiares; que esa forma de actuar no es propia de la energía femenina. Y no es que lo Femenino no se desvíe nunca, pero su caída de conciencia a lo que lleva es al victimismo, al chantaje emocional o a la sumisión. Pero no, las críticas despiadadas, las miradas frías de superioridad, los desplantes y humillaciones ante los demás, la indiferencia ante una buena noticia o el alejamiento repentino después de un logro no pertenecen a la esencia femenina. Todo ello no tiene origen en el corazón, y es ahí, en nuestro corazón, donde radica lo más elevado del principio Femenino, y también del principio Masculino. Pero, es la Diosa la que nos guía desde el corazón para inspirarnos a amar a nuestras hermanas. De momento, las que dejamos que su luz nos indique el camino, nos reunimos en círculo, vamos de la mano y celebramos nuestras alegrías, pero todas, todas, formamos parte de la misma Hermandad, aunque algunas no lo recuerden.

Helena Felipe

La Dama del Agua

Hay dos elementos que, desde la mitología más ancestral, han estado asociados con la energía femenina, con la diosa, con la madre: la tierra y el agua. La diosa Tierra era la diosa Madre que daba vida, y el dios Sol, en contraposición, era el fuego poderoso y procreador, el representante de la energía masculina. El agua, el triángulo acuático, nutría, generaba fertilidad. Los atributos de la tierra y del agua eran inherentes a lo Femenino.

En los lugares sagrados donde se veneraba a la Madre Tierra, se erigía un altar a la diosa. Su culto es el más antiguo de la civilización y predominó hasta la llegada de los arios del norte y sus pautas patriarcales. Eso fue a partir del año 3000 antes de Cristo.

Las cuevas, grutas y hendiduras de la tierra eran consideradas orificios de lo Femenino. En aquellos tiempos, la vida estaba ligada a la naturaleza, y su belleza, su esplendor, su fertilidad dependían del agua que, desde el Cielo, caía a la tierra para hacer renacer cualquier semilla.

Pero el fuego solar se descontroló y creó una Tierra yerma, y la separación de masculino y femenino generó un desierto árido y triste. El planeta, ahora, está sediento del agua de lo Sagrado Femenino, que vuelve a caer del Cielo gracias a que la diosa se vuelve hacer presente. Y lo hace en la energía de María Magdalena. Ella, Magdalena, es el agua, es la Dama del Agua, la Dama del Lago, y viene a despertar lo Femenino en el planeta Tierra, el planeta de la Madre.

Cuando oigo a los autores de género masculino hablar de Magdalena como la encarnación del fuego de Acuario, algo en mi interior se remueve. No, ella no es el fuego, es el agua de Acuario, es la aguadora. Imagino que al identificarla con el fuego, lo hacen simbólicamente para representar su poder, pero olvidan el poder del agua. El agua es tan fuerte que perfora la roca, y tan flexible que tiene todas las formas sin dejar de ser agua.

La letra “M” (mem), en hebreo, significa agua, la “M” es la vibración del agua, y el agua de Magdalena es la que sanará la Tierra para que dé más frutos. La fertilidad proporcionada por el agua sagrada de la fuente divina creará la nueva Tierra.

Helena Felipe

 

 

Abrir el círculo

El círculo es un símbolo de perfección, es como un jardín cercado, ese paraíso mítico que todos aspiramos visitar. En geometría sagrada, la forma circular es la representativa del elemento agua, el elemento que da vida y nutre, que hace que la tierra se vuelva fértil. El círculo es el hogar de la energía femenina. Como tal lo entendían nuestras ancestras que, desde tiempos inmemorables, se reunían en círculos para ayudarse en sus múltiples tareas (cuidado de los hijos, cocción de los alimentos, confección de prendas…) y para la celebración de rituales.

Esa forma arquetípica que simboliza el círculo resulta, pues, muy familiar a todas las mujeres. Yo entré en contacto con ella cuando hace año y medio ingresé en un círculo de mujeres por primera vez. Ha sido una experiencia vital fundamental en mi camino de reconexión con todo lo Sagrado Femenino. He conocido hermosas y comprometidas mujeres que ya considero hermanas, he palpado y absorbido la sabiduría que toda mujer, per se, lleva en su interior, he sentido el amor y la compasión que somos capaces de trasmitir, he descubierto la necesidad que tenemos de expresarnos en libertad e igualdad, he crecido con las experiencias de todas, experiencias felices, dramáticas, tiernas, crueles…; he bailado y expresado mi sensualidad, he llorado con lágrimas de solidaridad y de reconocimiento, he reído como una loca y, sobre todo, he comprobado el poder de transformación de un círculo de mujeres.

Tras conocer ese poder, me aventuré a coordinar yo misma varios círculos bajo la energía de María Magdalena, la maestra que llama, a mujeres y hombres, a despertar lo Femenino en sus corazones. Son tan íntimos estos círculos, que se crean vínculos y conexiones mágicas entre mujeres que no se conocen. Es todo un fenómeno de evolución, y siento, desde lo más profundo de mi alma, que ha llegado la hora de hacer partícipe de este fenómeno a los hombres, a nuestros compañeros de vida, a nuestro complemento masculino.

Cada vez hay más hombres que despiertan su femenino. Son representantes de la energía masculina que reconocen en su interior los valores y cualidades de la energía femenina que también los conforma. Es el momento para ello, es el momento de equilibrar las dos fuerzas integradoras, y los círculos pueden ser una magnífica herramienta para ello.

Las mujeres que hemos sanado la herida de la separación de lo femenino y lo masculino y despertado a la consciencia de unidad tenemos la misión de ayudar a los hombres que cada vez vibran más con la diosa. Es hora de abrir los círculos a esos hombres, de permitirles la entrada al profundo mundo de amor, sabiduría y compasión que nos es natural a las mujeres.

Quizás el círculo deba deformarse en su forma genuina para incluir el triángulo del fuego solar y masculino, quizás no sea «matemáticamente» correcto hablar de círculos mixtos y debamos hablar de encuentros mixtos, de mujeres y hombres. O quizás, simplemente, debamos permitir  que la forma circular abrace a las dos energías divinas que, en equilibrio y armonía, harán el Cielo en la Tierra. Yo apuesto por ello: abramos el círculo.

Helena Felipe

 

El único pecado

La gran pecadora. Así ha pasado a la historia la figura de María Magdalena, gracias a los primeros padres de la Iglesia que, en el siglo IV, decidieron dejar fuera del Nuevo Testamento los testimonios escritos que dejaban constancia de su importante papel como esposa y amada de Jesús, como sucesora de sus enseñanzas y como apóstol de apóstoles.

Sin embargo, el gran y único pecado de Magdalena fue ser un espíritu libre que rompió con las reglas del judaísmo recto y limitante en el que nació y se crió.

Desafió las estrictas normas que regían en tiempos de Judea y rechazó un matrimonio concertado. Se alejó de su familia para iniciar el camino que le dictaba su corazón y seguir los pasos de Jeshua como mujer independiente.

Su inteligencia, sabiduría, personalidad magnética y capacidad para atraer a quienes la escuchaban le conferían un poder que, los hombres de la época y los padres de la Iglesia, consideraban peligroso. Entendían que podría dominar al maestro, al hijo de Dios.

Magdalena se mostraba segura ante los hombres y tenía cualidades de dirigente. Gozaba de autoridad y le sobraba entusiasmo. Además no le importaba el qué dirán, así que no concedía energía a las habladurías.

Rompió con las convenciones y normas patriarcales de la época para seguir su intuición, la voz del alma que reside en el corazón. Ella era un ser libre. Ese fue su pecado.

Helena Felipe